Un día, y otro, y otro, y otro...y van pasando las cosas, las personas, los momentos.
Las alegrías y el aburrimiento. Las prisas, las penas, los agobios, los recados. Todo cambia, todo se transforma, evoluciona, viene y se va.
Todo menos aquello que permanece inamovible. Aquello que de tanto mirarlo, de no dejar de mirarlo y de atender a ello, no te deja percibir su movimiento. Esa aguja grande del reloj que todos hemos mirado alguna vez durante segundos para acabar percibiendo...que no, que no se mueve.
Pero, amigos, en realidad sí se mueve. De hecho no deja de moverse, no deja de transformarse, de cambiar, de evolucionar. La cuestión es saber empujarla en la dirección acertada, o acertar al aprovechar la dirección en la que es empujada.