Hay cosas que cuando las ves, las oyes, las sientes o las vives, una mano invisible te aprieta la tráquea como si quisiera ahogarte entre lágrimas y sollozos. Es como si esa mano invisible quisiera exprimir tus emociones hasta que gotearan de tus ojos en forma de gotitas de tristeza, melancolía, felicidad...o como quiera que se llame la dueña de esa mano invisible.
Hoy os voy a contar una historia que se me agarró a la tráquea cuando la viví. Hay muchas, algún día contaré más, o no. Pero hoy os cuento esta:
Los protagonistas son tres chiquillos de 8 o 9 años, que están en un campamento, rodeados de otros cuantos niños de su edad, un poco mayores, y algunos monitores como yo.
Emilio y Diego son hermanos, venidos de una familia y un barrio en los que la violencia y la agresividad son la forma común de resolver las cosas. Esto se pone de manifiesto durante la cena, cuando en una discusión iniciada por cualquier tontería, nuestro tercer protagonista, Pablo, se caga en los muertos de Emilio, y éste le suelta un puñetazo.
Ambos salen enrabietados del comedor, se separan y la cosa parece calmarse.
Yo salí de la cena, sin haberme enterado muy bien de qué había pasado, y sentado en un muro de piedra, sólo y cabizbajo, me encontré a Pablo, con la cara todavía marcada por los chorretones de lágrimas mezcladas con tierra que caían desde sus ojos hasta su boca.
Me senté a su lado, sin decirle nada, simplemente para acompañarle en un momento que yo suponía difícil para él.
En ese momento, llega Diego, el hermano de Emilio, y se pone frente a Pablo en actitud amenazante. Le pone la palma de la mano rozando su mejilla, como midiéndole para soltarle un buen guantazo, y le dice:
- ¿Tú eres el que se ha cagado en los muertos de mi familia?
Pablo empieza a ponerse nervioso, agacha más todavía la cabeza y sus ojos empiezan a empaparse de lágrimas mientras dice entre sollozos:
- Sí...pero...ha sido por la rabia del momento...no lo decía en serio, de verdad.
Entre palabras y balbuceos, dos lágrimas ruedan por sus mejillas. Diego se da cuenta, y de repente cambia totalmente su actitud. Aparta su mano de la cara de Pablo, se arrodilla frente a él y le dice como si estuviera ordenándole:
- No llores, por favor, no llores. No llores que si no lloro yo también...¡joe!
La rabia por no poder contener sus lágrimas se adueña de Diego, y se derrumba, se echa a llorar. Y en lo que podríamos definir como un momento en el que el mismísimo dios bajó de su taburete de marfil y se hizo presente, Diego y Pablo se fundieron en un abrazo apasionado, que ninguno de los dos sabía por qué lo estaban haciendo, pero sin duda era la mejor manera de llevar por algún camino todas esas emociones desbordadas, y ya de paso acercarse al otro.
Eso es lo que todos deseamos. Todos. Acercarnos al otro.
Personas violentas, agresivas, personas que responden con golpes e insultos a las provocaciones, personas que provocan...todos ellos ponen una fachada para olvidar, ocultar o engañar a lo que realmente desean en su interior. Lo que deseamos todos. Acercarnos al otro.
Todavía nos queda mucho por aprender de Pablo y de Diego. La pregunta es...¿algún día bajaremos nosotros de nuestro taburete de orgullo y nos daremos cuenta de esto?
"Encuentro trozos de vida, trozos de cuentos,
trozos de plástico, latas y recuerdos,
trozos de trozos, trozos en cuerpos,
cuerpos en trozos."