jueves, 25 de noviembre de 2010

Los buitres. Parte 3.


Noche tras noche van pasando los días, y los buitres ya hace tiempo que dejaron de intentarlo.
Alguno fue capaz de comer algo, pero sólo esquivos roedores que se habían abandonado al frío del invierno.

Ahora, en la primavera, cuando el deshielo avanza por el valle y los ríos van cargados de agua helada, el águila vuelve a reinar. Vuela alto todavía, observando desde lejos sus dominios, vigilando los nidos vacíos de los buitres sin confiar en ellos ni un segundo, pero seguro de que ahora es su tiempo.

Y cuando el águila sabe que su tiempo ha llegado, todo el valle lo nota, y todo florece y sus presas saben que deben abandonar toda esperanza, porque hagan lo que hagan, vayan donde vayan, el águila vuela tan alto que no tardará en verlas correr, y sentirá la necesidad instintiva de abalanzarse sobre ellas.

Y sobra decir que el águila nunca falla en su caza.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

No sé qué hacer contigo...


"Bonita de cara, boquita pintada.
Cuando sales a cazar.
Boquita pintada, bonita de cara.
Cada vez me pides más."


...y no sé qué hacer contigo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El alma de los números.



“Los números no son seres sin alma escribió—. Luego de estudiarlos durante mucho tiempo, y sin aún haber dado fin a mis investigaciones, puedo afirmar, sin ninguna reserva, que he conseguido desentrañar su enigma, lo que a mi parecer constituye la aportación más extraordinaria a la ciencia matemática desde el legado del maestro Pitágoras. Los números tienen la apariencia de seres inanimados, insensibles, fríos; pero ése es sólo su semblante. En realidad, les altera lo mismo que a todos los seres humanos: los sentimientos. Todavía no conozco las pasiones de cada uno de ellos, apenas si he tenido tiempo de empezar a conocerlos, pero ya me encuentro en condiciones de afirmar que el azar no existe, que no hay arcano en su orden, ni saltan por casualidad en el juego de la ruleta. Aún no me ha sido posible descubrirlos a todos, pero ya conozco el alma de algunos y con ello reúno razones bastantes para pensar y declarar como conjetura matemática que cada número tiene un extraño sentimiento empequeñecedor, mutilador, invalidante e incapacitador que lo debilita, como sucede con la mayoría de los humanos. Los números no son peces; son gusanos tramposos. Pero al quedar al descubierto son, sencillamente, seres humanos, tan despreciables como ellos.

”Los números, en el juego de la ruleta, no giran a gran velocidad para salir sino precisamente para esquivar la salida continuó escribiendo Bruno Weiss—. Pero cuando son atrapados, y no les queda más remedio que rendirse, soportan el peso de la bola metálica y aparecen, dejándose cantar para exhibirse ante los jugadores que han apostado por ellos. Y entonces se produce un fenómeno curioso: afloran sus propias pasiones, no pueden contenerse y se apresuran a perseguir a quienes, al haber sido cazados, los ponen en evidencia o mueven a la confusión. Así, el número ocho, por ejemplo, tiene una extraña concepción del orden natural de las cosas. Odia al número treinta y tres porque considera que no es más que sí mismo partido por la mitad, enrevesado, y en cuanto queda atrapado el treinta y tres se deja apresar lo antes posible para restablecer su idea del orden en el Universo. Algo muy similar le ocurre al doce con respecto al veintiuno, al que considera un impostor invertido, un pervertido. También lo persigue y se deja atrapar en cuanto se atilda para ser presentado en público. Son, como puede comprobarse, raros ejemplos de vanidad, o de perfeccionismo. No son pues de fiar, pero bueno es conocer su naturaleza por si se desea ganar una fortuna en ese juego que dicen azaroso, sin serlo. Y el número uno, por alguna razón que no he podido desvelar, está perdidamente enamorado del seis. En cuanto éste es capturado, aquél lo persigue hasta más allá de la resignación para manifestarle que irá a su lado, salga cuando salga. Es otra ley infalible, aunque inexplicada aún. A veces sale dos o tres veces seguidas, pero no para llamar la atención del jugador, como podría pensarse, sino para llamar la del número seis, a quien tan ciegamente ama...”.

Bruno Weiss no escribió más. De repente se sintió muy cansado y depositó la cuartilla junto a las hojas con las series sobre la mesa y se dejó caer en el sillón, decidido a dormir. Pero, antes de hacerlo, temió que alguien le robase el secreto y, sin pensarlo dos veces, recogió las cuartillas en las que explicaba su trabajo, se acercó a la chimenea y las vio consumirse en el fuego. Luego, más sosegado, se sentó otra vez en el sillón y se durmió.

Antonio Gómez Rufo, "El alma de los peces"

viernes, 5 de noviembre de 2010

lunes, 1 de noviembre de 2010

Hermosa apresurada.


Que las prisas no te cieguen. Que la velocidad de tu vida no te impida disfrutar de los detalles que pasan ante tus ojos, de las gotas que se resbalan entre tus manos, de los granos de arena que empujas con tus pies, de las notas que llegan a tus oídos.

Que no te pierdas ningún momento de la maravillosa película que están poniendo.
Sssch...que empieza.



Albert Pla – Pobre Muchacha
Pobre muchacha.
Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al
cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.

Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos,
y tus piernas,
y tu culo.


Tú estás tan buena,
yo te haría tan dichosa.
Pero tú...
tú te lo pierdes con tu prisa.


Tú estás tan buena,
yo te haría tan dichosa.
Pero tú...
tú te lo pierdes con tu prisa.

Pobre muchacha hermosa apresurada.
Pobre muchacha hermosa apresurada.