domingo, 12 de febrero de 2012

El niño y el monstruo.

Todas las noches, aquel niño miraba debajo de su cama, en los cajones, detrás de la mesa y encima del armario, por si acaso había algún monstruo esperando a que apagara la luz para atacarle.

Nunca vio nada. Ningún monstruo, ninguna sombra, ningún rastro de que allí se escondiera algo terrible acechando mientras dormía.

Así que aquel día, cuando levantó el edredón que caía por el lateral del colchón y miró debajo de la cama, no podía creer lo que estaba viendo. Su mente infantil, acomodada en la seguridad de la inexistencia de los monstruos durante tantos años construida, no podía aceptar que se encontrara de frente con un auténtico monstruo de carne y hueso.

Se quedó paralizado, se tumbó despacio en el suelo sin apartar la mirada del enorme ser, y poco a poco se fue deslizando boca abajo hasta que sus ojos estuvieron apenas a unos centímetros de los ojos del monstruo. Eran sorprendentemente pequeños, negros, y brillaban como brillan los ojos de un niño a punto de echarse a llorar, con ese hilo de lágrima casi rebosando el párpado inferior.

Eran unos ojos tristes, tremendamente tristes. El niño no podía dejar de mirarlos, y se preguntaba por qué estaba triste el monstruo, qué le habría llevado a esconderse ahí, de qué huía, qué le atormentaba.

De repente, el niño agarró de la mano (o de la zarpa, o de la pata...) al monstruo, y lo arrastró fuera de la cama mientras se ponía de pie. Lo superaban en casi un metro de altura, y en más de 50 kilos de peso, pero el monstruo parecía asustado y débil.

Con mucha tranquilidad y una calma asombrosa, el niño levantó el edredón, la sábana, abriendo su cama como cada noche. Miró al monstruo, volvió a cogerlo de la mano, y le guió hasta el colchón, empujándolo para que se metiera dentro de la cama. Éste obedeció, y se metió en la cama con una expresión de incertidumbre en el rostro.

El niño lo arropó hasta el cuello, metió el edredón sobrante de los lados de la cama bajo el colchón, para que no entrara el frío, y se sentó en el sillón que había al lado de la cama, donde su madre solía sentarse a contarle cuentos. Apagó la luz, encendió su pequeña lámpara de la mesilla, y esperó sentado hasta que el monstruo se durmió.

Sólo entonces, el niño se acurrucó en el sillón, se cubrió con una pequeña manta verde, y se quedó dormido con una sonrisa en los labios.



"So many adventures couldn't happen today,
so many songs we forgot to play,
so many dreams are swinging out of the blue
we let them come true."