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Una noche caminas, y la luna sonríe malévola, y te hace pensar que esa chica que pasó sorbiéndose los mocos y las lágrimas no estaba viva. Que volaba hacia el final dejando mucho atrás y pensando ya en el cambio, en la pérdida, en el propio duelo por su vida.
No estaba viva. Ya había perdido el aliento que la unía al sentir, al gozar, al mirar y al saberse mirada. Y ahora, mi mirada ni siquiera la había llegado a tocar. Su coraza de tristeza la protegía de todo sentimiento y sensación.
Sin embargo, se cruza la vida. De golpe, como una rama inesperada o una piedra en el camino, entra y sale de tu campo de visión en décimas de segundo. Una vida nueva se acerca, y sólo unos segundos después de ver apagarse otra ya acabada y consumida.
Y piensas. Y sigues pensando. Y tu mente saturada no deja de trabajar a toda velocidad en miles de conexiones y PLAF!
Se te apaga. Adiós. Olvidas por completo todo lo que estabas pensando.
Y estás seguro de que nunca, jamás, volverás a recordarlo.
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