martes, 13 de diciembre de 2011

Todos, los cinco.

El olor a labios, a cuerpos riendo a carcajadas, a ojos casi cerrados. Ese olor, que a cada inspiración se hace más fuerte y más corpóreo. Más real, más profundo. Ese olor es el que embarga mis sentidos, los cinco, aunque cuatro de ellos no estén seguros de a qué coño huele todo esto.

El sonido de las miradas. El sonido que hacen sus pupilas cuando se enciende la luz por las mañanas, invadiendo su visión de un nuevo día. Ese sonido silbante, fluido, inspirador. Ese sonido que aturde mis sentidos, los cinco, aunque cuatro de ellos sólo sean capaces de oirlo, sin escucharlo.

El sabor de nuestros miedos, el que llena de hierro las papilas gustativas, haciendo que se encojan. Saben a lágrimas y a mocos; a mentira y conformismos. Ese sabor que se expande por mis sentidos, por los cinco, aunque por suerte cuatro de ellos no tengan ni saliva para diluirlo.

Las imágenes del pasado, tan desfasadas y tergiversadas como siempre. Esas imágenes del recuerdo, que hoy sólo son eso, recuerdos, empapados y encogidos por la fuerza sorprendente del presente. Esas imágenes que acarician mis sentidos, los cinco, aunque cuatro de ellos estén ocupados en caricias más interesantes.

El tacto de nuestras ilusiones. Las cosquillas que nos hacen los sueños del mañana, las caricias que disfrutamos a cada idea que dejamos colarse entre las páginas de nuestra historia. Ese tacto que recorre nuestros sentidos, los cinco, mientras cuatro de ellos bailan al son de la música de la piel.

La piel, que es la que nos mueve, nos representa, nos aturde y nos incita.
La piel, lo que nos une y nos separa.
La piel, lo que nos comunica.

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