Ni el oro más dorado. Ni los billetes más grandes. Ni todo el tiempo del mundo. Ni los manjares, comodidades, placeres, paisajes, visiones, sensaciones, experiencias y olores más extraordinarios.
Ni la vida más exótica. Ni los sueños más recónditos hechos realidad.
Ni la supuesta paz. Ni la intranquila calma.
Porque en ese instante, nada vale nada. Nada tiene el color o el sabor necesarios para distraerme de ese instante.
Porque ahí es donde quiero pasar las horas.
Con los ojos cerrados y los labios húmedos.
Con los pies fríos y el corazón caliente.
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