jueves, 8 de agosto de 2013


Es terrible la tarea de conocerse.
Es pesada, lenta y difícil. Y normalmente poco reconfortante.
Es una odisea vital que no acaba, que no tiene fin.
Un viaje cuyas paradas a veces se antojan extrañas.
Extrañamente conocidas.

No obstante, caben compañías.
Interpeladoras compañías que te ponen sobre los pies, que te muestran la parte más maravillosa del camino: compartirlo con otros. Que te empujan, te llevan la mochila, te la abren y te dicen: "mira lo que tenías aquí, qué bonito."

Pero cuando más se hacen imprescindibles es cuando de esa mochila te sacan piedras y te ayudan a llevarlas. Reparten y comparten tu peso, tus cargas, tus lastres. Los hacen suyos, los quieren, los odian, los aceptan y los rechazan. Te empujan y hacen rodar esas piedras camino abajo, corriendo tras ellas con una risa de fondo. Cosas que solo no podrías hacer.

¡Qué sería de nosotros si tuviéramos que cargar sin ayuda todas esas pesadas piedras!

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