jueves, 18 de septiembre de 2014

Otoño.


Llega el otoño. Está cerca. Las primeras nubes y tormentas ya están mojando los campos, que reverdecen durante un breve periodo de tiempo, como queriendo darnos un último soplo de alegría antes de refugiarse en el marrón. Como si quisieran regalarnos el último rayo de verde hasta el año que viene. Tienen los amaneceres un olor especial. En el valle se mezcla la tierra mojada con el roble, y aparecen ráfagas de olor a lumbre sin llamas.

Algunos árboles, previendo que el invierno será duro, que faltará la energía del sol y les maltratarán las heladas, se desprenden de la carga de sus hojas. Esas hojas que en tiempos más calurosos les llenaron de vida, de energía, de belleza. Esas hojas que parecían imprescindibles para la vida del árbol, que parecían su esencia, su más preciado adorno.

Pero no lo eran. El árbol irá olvidando sus hojas, para que se sequen y se caigan, hasta que quede totalmente desnudo. Y seguirá vivo. Seguirá viviendo como siempre. Un poco más feo, más débil, más callado. Pero vivo.

Porque sus raíces lo mantendrán. Todo lo que necesita para mantenerse, para estar sano y resistir al invierno, se lo dan sus raíces. Nunca le han fallado. Aunque la plenitud y la belleza de sus hojas hayan atraído toda la atención, hayan asombrado a todo el que se acercaba al árbol, son las raíces las que mantienen su vida. Esas raíces ocultas, bajo tierra, que no se ven a simple vista. Esas raíces que hace falta escarbar un poco en la tierra para verlas y comprobar su fortaleza.

Las hojas irán y vendrán. Se caerán y volverán otras nuevas. Algunos años, los más oscuros y fríos, tardarán mucho en aparecer, y serán pequeñas y feas. Pero eso no importa. De hecho, cuanto más raíces tenga el árbol, menos hojas le harán falta para crecer y desarrollarse.

Son las raíces las que sostienen al árbol. Unas raíces fuertes y profundas son lo que permiten que el árbol crezca, que se convierta en algo grande y robusto. Que produzca semillas y frutos de calidad para compartirlos con otros. Porque las hojas son muy bonitas para verlas, para admirarlas un rato y marcharse a otro árbol más bello. Pero son los frutos y semillas los que dan valor al árbol. Esos frutos y semillas alimentados directamente por el agua que absorben las raíces.



¿Qué sucederá cuando las balas no reboten, y los malos sean más fuertes, y volar no sea tan fácil, y conozcan nuestros planes? Hazme una señal, yo buscaré un disfraz de carnaval.

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