viernes, 10 de agosto de 2012
Para Adán, el paraíso era donde estaba Eva. Parte II.
Como en todo paraíso, había días atareados. Días en los que tanto Eva como Adán tenían ocupaciones, cosas que hacer, tareas y labores que iban dejando para el último momento, y que acababan acumulándose y convirtiéndose en estrés.
Incluso en esos momentos, en esos días pesados y agotadores, Adán sentía cómo la mirada de Eva se posaba sobre su cuello de vez en cuándo, y él suspiraba, deseoso de que llegara el ocaso para poder acurrucarse junto a ella.
Algunas noches, cuando Adán ya no podía más y se sentía sobrepasado, ella le cogía de la cabeza, la ponía sobre su regazo y le acariciaba el pelo hasta que él se calmaba y se quedaba dormido, sintiendo de nuevo aquella mirada tierna y protectora.
Ése era el paraíso. Tener cada uno su tarea, su labor, su misión, pero compartirla cada noche como si fuera de ambos. Llorar ambos por los fracasos, celebrar ambos los éxitos. Vivir el paraíso que se les había regalado cada día.
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Aunque el paraíso a veces no lo sea tanto, Eva quiere mucho a Adán y espera la tercera y todas las sucesivas partes de la historia.
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